
De todos los destinos del hombre, según Borges, el menos desdichado quizá sea el destino de poeta, porque es el único destino que permite, frente a la opción común de la huida, poner el pecho y transmutar en belleza la desdicha. Labor loable en un país signado por la desigualdad y la violencia, y en el cual la vida, esa que sabemos ebria y nos arrastra dando tumbos entre la felicidad y la desdicha, se inclina más del lado de esta última, siendo desde la misma desde donde el hombre puede darle otro sentido a su existencia, pues a falta de belleza le corresponde a él mismo inventarse la belleza. Pero no la de los comerciales y las pasarelas, ni a la que aspiramos con las cirugías y el maquillaje; tampoco esa otra de los destinos turísticos ―circunscrita dentro de unos límites claramente mensurables, dentro de unos moldes que permiten a este mundo ávido de rentabilidad extraer de ella el máximo provecho―, sino aquella que yace olvidada, a extramuros de la belleza oficial, y que necesita ser rescatada de los suburbios donde permanece, invisibilizada por la frívola danza del poder y los intereses.
Hablo aquí de una belleza otra, emparentada con la carencia y el sufrimiento, de una estética que nos permita afrontar de otra manera el mundo, sus sobresaltos. Hablo de una religión, si se quiere, porque la salvación puede ser también estética, aun cuando la persona solo busque perderse.
Es a esa belleza a la que aspira el poeta, en caso de aspirar a algo. A esa salida para el arte y la vida de que hablara Benjamin, “la de los lugares abandonados, como copas de árboles que están junto a los muros, callejones sin salida, jardines delante de las casas donde jamás persona alguna se detiene”. Belleza que solo puede entreverse con mirada de infancia, con los ojos que tuvimos en aquel instante del ayer en que era posible vislumbrar el misterio incluso en medio de la precariedad y el ruido, ya jugando con una caja de refrescos vacía, ya conmoviéndonos frente a las cucarachas de un patio o una enmohecida tapa de latón, cualquier desecho, cualquier cosa mínima ante la cual la maquinaria del mundo se detiene del mismo modo en que se detiene el infierno cuando irrumpe con su música Orfeo. Belleza que implica el rescate de esa manera de mirar que sin querer hemos dejado atrás y para la cual nada es pequeño. Belleza que elogia la inocencia en lugar de esta racionalidad que señala, juzga y diferencia, y que es desaprendizaje de la vida, pérdida del miedo a ofrendarle un puñado de canicas al hombre aquel que desde adentro nos niega y que ―como en algún poema de Otoniel Guevara― podrá matarnos, pero que nosotros en cambio podemos hacer feliz. Pero eso sólo lo pueden los poetas, que no son sólo aquellos que escriben sobre el papel, sino todo aquel lo suficientemente maduro para evitar que la vida lo madure, capaz de mantenerse niño incluso más allá de la tercera edad. Capaz de volver sobre sí ―como aconseja Rilke― y sondear las profundidades de donde proviene su vida. Todo aquel capaz de nadar contra la tradición y la corriente cuando le pesan la tradición y la corriente y abrir, en tiempos de precariedad y de ruina, una puerta adicional a las que proponen la tradición y la corriente. Una puerta adicional a las cuatro que menciona aquella vieja canción:
Cuatro puertas hay abiertaspa´l que no tiene dinero:
el hospital y la cárcel
la iglesia y el cementerio…
La puerta de la poesía. Esa que no nos exime de atravesar las otras, pero a su modo nos prepara para afrontarlo todo ―incluida la muerte― trajeados de belleza, vestidos con ese traje que nosotros mismos habremos confeccionado, más a la medida de nuestra desnudez y nuestro desamparo.
Y que alguien se atreva a lucir ese traje… Y que alguien se atreva a franquear ese quicio abierto es ya de por sí un gran logro, un destino más acorde con las verdaderas necesidades de este país, un destino más en sintonía con las verdaderas necesidades del ser humano, entre otras, la de reconocernos como tales.
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- Otra puerta - 10 septiembre, 2022
