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Atentado contra la vida digna y el desarrollo

Rafael Padilla

El barrio San Isidro del municipio de Ciénaga de Oro en el departamento de Córdoba, república de Colombia, tiene una historia particular en la vida de las comunidades que conforman este municipio. Desde su fundación que se remonta por allá por los años sesenta mediante un proceso urbanístico liderado por la clase política de entonces, sin control, ni organización y careciendo de todos los servicios públicos básicos para la vida de las personas, pronto se convirtió en el barrio más grande de la localidad y el que más necesidades básicas insatisfechas tenía.

Vivir en esta comunidad era casi una afrenta por la multiplicidad de problemas en todos los órdenes: sociales, económicos, de convivencia, por mencionar solo algunos. Unos 15 años después de su fundación llegan a Ciénaga de Oro los primeros trabajadores de la madera provenientes de Turbaco y con ellos el trabajo de la madera al barro San Isidro. Con una informalidad cercana al delito, puesto que las personas trabajadoras de la madera del sector eran perseguidas por la fuerza pública como a los más peligrosos delincuentes, en parte con razón, puesto que se estaba depredando el ambiente. El barrio, de la mano del trabajo de la madera se abrió paso y se posesionó como el sector más importante en la generación de empleo y desarrollo para el municipio, a tal punto que se puede afirmar que la vida del barrio se forjó con el trabajo del mueble. Cientos de empleos directos se generan con este trabajo, pero trajo consigo una serie de problemas que serán objeto de otro momento. Lo cierto es que el trabajo de la madera ha traído desarrollo a esta comunidad olvidada por las diferentes generaciones de la clase política local y regional, que solo hacen presencia en épocas electoreras.

Al llegar al momento actual, se hace necesario mirar este contexto si queremos estar acordes con el desarrollo y dignidad de las comunidades, no debe ser otro el criterio que se debe precisar para intervenir en ellas y que las obras que se hagan puedan ser útiles y contribuyan con el bienestar y el avance de las comunidades. No me referiré a la construcción del alcantarillado ni al cambio de la tubería de las redes del agua que se hizo paralela a esta gran obra esperada por más de 40 años por los habitantes de San Isidro y que por ser de una gran envergadura y en la que se invirtieron cuantiosos recursos provenientes de la nación, necesitan de una mirada de los entes de control para que determinen en una visita de campo si realmente quedaron como se habían planificado.

Al atentado al que me quiero referir en estos momentos es al de la pavimentación de las calles; me excusan los técnicos y profesionales en proyección urbanística moderna, pero hay realidades que no pueden pasar de agache a la hora de esgrimir argumentos a favor de las nuevas tendencias en la materia. Construir pavimento de 4 metros de ancho para las calles de un barrio transitado por camiones, furgones, carros estacas que cargan y descargan madera, muebles y clientes que visitan cotidianamente a esta comunidad, es por decir lo menos un crimen contra el desarrollo; en 4 metros si se estaciona un vehículo a realizar sus labores diarias, ¿por dónde circularán los demás? ¿Tendrá el comprador, cliente o ciudadano del común que esperar 2, 3 o 4 horas que desocupen o carguen el vehículo estacionado para poder continuar hasta su destino? Ninguna de estas consideraciones ni muchísimas otras relacionadas con la movilidad en el barrio de seguro que ni siquiera fuero sopesadas. ¿Entonces que se tuvo en cuenta para proyectar esta obra en las actuales circunstancias? Los habitantes del barrio queremos y necesitamos una explicación al respecto. Me niego a creer que en esta obra primaron otros intereses para afectar de esta manera la movilidad en el barrio y con ello la posibilidad del desarrollo, del progreso y de lograr una vida digna.

Como si esto no fuera poco, el barrio San Isidro en una pendiente, por lo tanto, hay un desnivel natural entre una acera y la otra en las Carreras. Si aún no se han construidos los andenes, ya los corredores de todas las casas del desnivel más bajo están a nivel con el pavimento de la calle, al construirse estos, ¿para dónde saldrán las aguas lluvias de estos patios? Si esto ocurre con las carreras, las Calles también serán objeto de problemas posteriores con esta nueva forma de pavimentación, ya que ellas serán las encargadas de transportar las aguas lluvias provenientes del cerro y si no se les construye un sistema de canales en una de las dos aceras, el agua lluvia con toda la carga de sedimento se esparcirá por toda la calle como está ocurriendo en todas las del centro de Ciénaga que bajan de los cerros. Si existiera voluntad política, si se pensara en la comunidad y no en el bien particular, una decisión en la ejecución de la obra resolvería los dos problemas más grandes con que tendremos que cargar los habitantes del barrio. Bienvenida la pavimentación del barrio, este era una de las obras más necesarias después del alcantarillado, pero en vez de solucionarnos un problema de movilidad, nos los va a aumentar y nos va a dejar muchos otros que de seguro interferirán con la convivencia, el desarrollo del barrio y con una vida digna.

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Rafael Padilla
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Rafael Padilla

Nacido en Ciénaga de Oro, Córdoba. Docente de Lengua Castellana con especialización en Pedagogía de la Lengua Escrita. Miembro activo de la Red Colombiana Para la Transformación de la Formación docente en Lenguaje, a nivel nacional, departamental y local. Líder del programa de prensa escuela, Prensa, Radio, Televisión y Edición: Paradigma Juvenil promoviendo el periodismo en los estudiantes. Miembro de la Asociación Amigo Ambiental.

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