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Un pueblo llamado X

Jorge Luis Vargas Beltrán

Estaba allí parado frente a aquella turba que crecía y se agitaba cada segundo, pero estaba solo, solo con ella. Nunca me imaginé que esto me pasaría. Estaba solo con aquella gente que me miraba, que me miraba fijamente con sorna o con un dejo de tristeza o, que sé yo. La verdad es que todo lo veía confuso. Pero la multitud no me silbaba, tampoco se burlaba de mí ni me lanzaba objetos; solo me miraba con lástima. ¿Eso era lástima? Y ellos, mis guardaespaldas, ¿dónde estaban? Miré a mi alrededor y estaban ahí, pero no hacían nada, solamente me miraban, realmente no podían hacer nada; entonces por mi mente empezaron a desfilar recuerdos, recuerdos del todopoderoso señor Pérez. Aquél a quien le rendían pleitesías; aquél al que le tenían que consultar en qué momento se hacía algo en el pueblo; aquél que daba el aval para algunas de sus marionetas con pretensiones de ser la primera autoridad del municipio y lanzaba su candidatura.

El mismo que en las tardes de corralejas tiraba desde el palco de la junta de las fiestas billetes de dos mil y cinco mil pesos cada uno, para que el público, que se encontraba dentro de la plaza, los recogiera, sobre todo en el momento que algún toro sanguinario se hallaba cerca. También me vanagloriaba porque uno de mis toros, llamado “el pescao”, había matado a más de diez personas y la última de sus víctimas la tuvo más de tres minutos ensartada con sus cuernos aquella tarde de sol, sangre y arena en la monumental plaza “Seis de Enero” para emoción, hasta el delirio, del público asistente.

Aquél, que en las noches de fandango bailaba y mandaba ron al pueblo para que se embruteciera y olvidara sus penas al compás de un porro viejo. Aquél que había “comprado” decenas de jóvenes campesinas para hacerlas mis amantes y cuando me cansaba de ellas las dejaba tiradas para que cualquier corroncho “puerco”, se comiera las sobras que yo dejaba.

Aquél que un día de abril sorprendí a un grupo de campesinos, quienes, tratando de cuadrar su Semana Santa, paseaban en la ciénaga de una de mis fincas, “barrí” a plomo físico para escarmiento de los demás a sabiendas de que aquellas ciénagas eran tierras baldías de la nación, que poco a poco fui anexado a mis latifundios. Aquél que daba limosnas importantes para que el cura del pueblo me diera vitrina y me pusiera como ejemplo ante los demás como el prototipo del hombre desprendido de sus bienes, bondadoso, amplio y honrado.

De todos aquellos pensamientos, la voz rasgada de uno de mis guardaespaldas me sacó abruptamente, quien trató de sacar a sus compañeros del marasmo en que se encontraban. Entonces miré sus ojos y me vi reflejado y por primera vez comprendí lo que me pasaba: ¡Se me escapaba la vida! Y de nada valía mi prepotencia, remordimientos, pretensiones y delirios de grandeza, porque al fin y al cabo estaba frente a frente ante el ser más justiciero de la naturaleza, al cual se llega desnudo en cuerpo y alma. Estaba ahí solo, terriblemente solo, con ella, con la muerte.

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Jorge Luis Vargas Beltrán

Tecnólogo en electrónica. Dirigente deportivo de Ciénaga de Oro. Presidente del comité de fútbol de Ciénaga de Oro por 15 años. Apasionado por las labores sociales, la literatura y el servicio a la comunidad.

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